2018 se merece que le dedique
unas líneas. No muchas, lo reconozco. Pero sí las justas para darle las gracias
por todo, abrirle la puerta de mi vida y mandarlo a tomar por culo con una
sonrisa de oreja a oreja.
Estoy contento de que se vaya y
que no vuelva. Que se pudra en el infierno de los años horribles. No me
importa. Se ha llevado a mi mejor amigo, me ha hecho alejarme de la mujer a la
que una vez pedí matrimonio, me ha roto el corazón cuando más débil lo tenía y,
por si fuera poco, se ha encargado de recordarme, casi a diario, que me hago
viejo y que mi cuerpo jamás volverá a tener veinte años. ¡Ciao 2018! No hace falta
que escribas cuando llegues a donde sea que vayan los años que no vuelven.
Pero, para ser justos, debo decir
que 2018 me ha dejado cosas increíbles, más que buenas, de las que no me
hubiera percatado, o sólo muy sutilmente, si el muy cabrón no hubiera pasado
por mi vida como una puta apisonadora. 2018 me ha dado un par de buenas
lecciones, de las que se necesitan para crecer por dentro, de ésas que uno sólo
aprende cuando las cosas estas bien jodidas. Lecciones que no se enseñan en los
libros, que sólo se descubren en la calle cuando hace frío y estás calado hasta
los huesos. Lecciones duras pero imprescindibles, de las que cuando miras para
atrás, con el paso de los años, te das cuenta de que eran necesarias para convertirte
en hombre de un vez por todas.
2018 me ha descubierto que tengo amigos de verdad, no muchos, es cierto, pero sí los suficientes para
saber que me he sabido rodear de las personas adecuadas durante todos estos
años, de ésas que no te dejan ahogarte cuando más hundido y manchado de barro
estás. De ésas que, aunque hayan pasado los años, jamás se han ido de tu lado y
no dudan en recogerte del suelo, darte una ducha caliente y un plato de sopa, arroparte
en su propia cama hasta que estás dormido y que, si hace falta, no pegan ojo
hasta saber que vas a pasar la noche a salvo. De ésas que tienes que cuidar,
porque sabes que no van a fallarte nunca. Ni tú a ellas.
2018 también me ha traído grandes
regalos que no esperaba. Por un lado, amigos que han aparecido de la nada y que
han venido para quedarse. Porque no van irse, ni tú vas a dejar que se vayan.
Ya lo hicieron una vez y, si han vuelto, es porque tienen que estar en la vida
de uno. Por el otro, un pequeño gran nuevo amigo, un compañero fiel que llegó casi por casualidad, de los que
ladra y te lame las manos cuando llegas a casa, que te mira con ojos puros, casi humanos, y que ha conseguido volver a humedecer
una parte de mi corazón que tenía seca desde hace muchos años, una que pensaba que ya había cerrado con llave y en la que
jamás iba a poder brotar ni siquiera un atisbo de vida.
Pero por encima de todo, si tuviera
que rescatar una sola cosa de 2018, sólo una, rescataría la muerte. Pero no esa
muerte cadavérica, que viste manto negro y empuña una guadaña, sino la muerte
que da lecciones de vida. La muerte que lleva a las personas a marchitarse con
dignidad, con una sonrisa, incluso entre el más terrible de los dolores, sabiendo
que han hecho todo lo que tenían que hacer y que asumen con firmeza y sin miedo
que el tiempo que les ha sido asignado ha llegado a su fin. La muerte que lleva
a resurgir con entereza hacia una nueva vida, difícil, complicada, diferente, a las personas que se quedan a este lado, que no se resignan a vagar como almas
en pena viviendo de los recuerdos. La muerte que invita a vivir, a disfrutar de
lo que tenemos mientras dure, a entender que la vida es un cambio constante y
que ser feliz no es una meta, sino el camino. La muerte que lleva a este 2018 a
su fin, a irse desvaneciendo poco a poco, como los sonidos de las campanas a medianoche,
como el bullicio de las voces y las risas alrededor de las mesas abarrotadas de
dulces y de licores, mientras nos recuerda, entre susurros, que nada se termina, que todo cambia, que en un abrir y cerrar de ojos se apagarán una velas y se encenderán otras, y
que no nos quedará más remedio que adaptar nuestros ojos a la nueva y tenue luz para poder seguir caminando por el sendero de la vida. Pero siempre con una sonrisa, porque la muerte no quiere llantos, sólo quiere renovar la vida.
Adiós, 2018. Gracias por todo. Pero no vuelvas nunca.
