miércoles, 18 de marzo de 2020

Suma


Hola,

¿Cómo te encuentras? ¿Qué gran pregunta, eh? Si estás donde estás, imagino que has pasado tiempos mejores.

Me llamo Alex, soy de Sant Boi de Llobregat, provincia de Barcelona. Seguro que no lo sitúas en el mapa, pero si te digo que aquí donde vivo es donde nacieron y crecieron los hermanos Gasol, los famosos jugadores de baloncesto, igual te ayude a situarte mejor en el mapa. Aunque si no eres de la zona y no has oído hablar de baloncesto en la vida, no tendrás ni la más remota idea, así que podemos dejarlo en que vivo en uno de los pueblos-ciudades más cercanos al aeropuerto de El Prat. A cualquier cosa le llamamos pueblo. ¿Dónde han quedado los bucólicos pueblecitos de Marco y Heidi? Está claro que en los alrededores de Barcelona no.

Soy profesor, entre otras cosas, en una escuela aquí, en el mismo bucólico pueblo urbano donde vivo. Ya sabes que al final los profes terminamos haciendo de todo. Somos padres, madres, amigos, psicólogos, sargentos de policía, niñeras y, cuando nos sobra algo de tiempo, también intentamos enseñar alguna que otra cosa interesante y útil a nuestros alumnos.

La persona que me ha pedido que te escriba me ha dicho que sería bueno que me describiera físicamente, para que puedas hacerte una idea de cómo soy y puedas imaginarme mientras lees, o mientras alguno de esos médicos, enfermeras o auxiliares tan majos que tienes por ahí, te leen estas palabras. Pues venga, vale, allá voy. Tú ponle imaginación y piensa en algún actor de Hollywood. Soy calvo, llevo algo barba, mido alrededor de 1,70 y estoy soltero. Más bien tirando a flaco. Un tío normal, del montón, aunque de vez en cuando, algunos seguro que con serios problemas de visión, me dicen que me parezco a Pep Guardiola. Ya me gustaría a mí, ya.

Este año, en agosto, voy a cumplir 40 años, aunque imagino que por quedar bien, mucha gente me dice que no los aparento, que parezco unos años más joven. Será que el no tener hijos me ayuda a conservarme un poco. O por el contrario, tal vez ser tutor de 30 alumnos en plena edad del pavo, no me permite envejecer. Sea como sea, la hernia lumbar que tengo me recuerda cada día que no me ande con historias y que reconozca que me voy haciendo mayor, que el tiempo pasa para todos, y que ya no está el cuerpo para ir haciendo el loco por ahí. ¿Qué te voy a contar a ti, eh?

Pero bueno, dejemos de hablar de mí. Que yo no soy la persona importante aquí. Esa persona eres tú.

No te conozco de nada. No sé quién eres. Ni cómo eres. Ni qué edad tienes. Ni dónde vives. Ni si tienes hijos, amigos o familia.  No sé si sacas a pasear al perro a las 8 de la tarde los días entre semana o si vas a misa los domingos después de tomarte un carajillo en el bar de Pepe. No sé si te gusta el café con leche mientras ves la telenovela en el sofá o si prefieres una tapa de tortilla acompañada de un vino tinto en una terraza alborotada. Pero no importa si no conozco apenas nada de ti. Porque lo que sí que sé es que estás jodido/a. Y ese es motivo suficiente para que me apetezca hablar contigo.

Sí. He dicho jodido. ¿Se puede decir eso en una carta a un desconocido? Imagino que sí. Y sino, pues ya es demasiado tarde. Podría buscar otra palabra más suave y más literaria, pero no me apetece, porque hay algunas cosas a las que hay que llamarlas por su nombre. Y a mí, ahora mismo, no se me ocurre ninguna palabra mejor. Sí, estás jodido/a.

Me cuesta imaginarme lo difícil que debe ser por lo que estás pasando, tantas horas de soledad, tanto aislamiento, tanta mierda, tanto tubo y tanto suero, por un simple bichito microscópico que ha decidido dar por saco a toda la humanidad. Y tú, desgraciadamente, te has llevado la peor parte.

Te imagino ahí, con una bata de esas de hospital, con las que vas enseñando el culo a todo el que pasa. En la cama, mirando al techo, aburrido/a como una ostra. Esperando que pase algo que te distraiga un poco y que te saque de la cabeza, aunque sea solo durante un pequeño rato, las dudas e incertidumbres que conllevan el estar ahí encerrado. Por fuera te mueves poco, porque no te dejan y porque no puedes, pero por dentro, cuando no te dan chutes de esos para que te quedes frito/a y te relajes, la cabeza te debe ir a mil por hora.

No soy bueno dando consejos. Y seguramente tampoco soy el mejor dando ánimos. Pero en las situaciones realmente jodidas, como ésta, siempre me acuerdo de mi padre. Él también era maestro, ¿sabes? Bastante mejor que yo, pero bueno, aún estoy a tiempo de superarle. A mis 39 años me hice un tatuaje, el único que llevo, para no olvidarme de ese reto. Pero esa es otra historia que no viene al caso. Al lío. Que me voy por las ramas.

Como te contaba, mi padre, que era muy sabio, siempre decía que las cosas son como son y no podemos cambiarlas. Que hay que saber enfrentarse a lo que la vida nos trae, ya sea bueno o malo. Porque la vida es vida. Solo eso. Y no entiende de justicias divinas. Que hay que ser siempre positivo, intentado sumar siempre en todo momento, aportar nuestro granito de arena, aunque sea minúsculo, pero siempre sumando, arrimando el hombro, que restar ya hay muchos que restan a cada rato. Y, sobre todo, que hay que preocuparse lo justo y buscar soluciones solo cuando sea necesario buscarlas. De nada sirve darle vueltas a las cosas cuando no están en nuestras manos.

Ahora casi nada está en tus manos. Deja que los que te rodean busquen soluciones. Porque no hay mejores manos en las que puedas estar. No busques culpables. Porque no los hay. La vida es vida, que no se te olvide. Y ahora te trae mierda, pero no dudes de que a la vuelta de la esquina te está esperando con dos hormigoneras llenas de azúcar.

Intenta sonreír todo lo que puedas. Por lo menos una vez al día. Sé positivo/a y suma, suma mucho. Que de restar ya estaremos a tiempo. Sé que es fácil decirlo y que te va a costar muchísimo hacerlo. Pero eso sí que está en tu mano. Ármate de valor y enfréntate con resignación y una sonrisa a lo que la vida te ha traído. Aprieta los dientes, confía en quienes te rodean, que son los que ahora luchan por ti, y recupérate pronto.

No estás solo/a. Y no me refiero al personal sanitario. Ni tampoco a la familia y amigos que están aguardando ahí afuera para darte un abrazo y llenarte de besos y babas.  Somos muchos los que pensamos en ti y que, ahora mismo, apretamos los dientes contigo. Así que, por ti, por ellos, por nosotros, agárrate a la vida. Sal de ésta. Y conviértete en esas manos, en ese alguien, que buscará soluciones para otro alguien que no pueda buscarlas cuando lo necesite.

El mundo te necesita. Yo, que no te conozco y no sé quién eres ni cómo te llamas, te necesito. Porque quiero que seas tú quien esté ahí, echándome una mano al hombro, cuando yo esté jodido.

Y ya no me enrollo más. Que tendrás cosas que hacer y no quiero entretenerte, jeje.

Recupérate pronto y, recuerda que, cuando nos dejen darnos un abrazo, aquí te estaré esperando. Y si, por lo que sea, nos mantienen en el anonimato, dáselo a la primera persona que veas que lo necesita y será como si me lo dieses a mí, porque si algo hemos aprendido de todo esto es que, efectivamente, todos somos iguales.

Atentamente,
Àlex.