Todo comienza con una hostia. Cuando nacemos, para hacer que el aire nos insufle la vida y nos llene los pulmones con esa primera bocanada que, como una droga, ya no vamos a poder dejar hasta que soltemos nuestro último aliento. Como un presagio, o un anticipo a lo que va a venir después, la vida empieza ineludiblemente con un bofetón. Como para avisarnos de que las cosas importantes tienen que empezar siempre con una buena hostia. Pero una bien dada. De las que te ponen en tu sitio.
Aprendemos a andar, a correr, a ir en bicicleta o incluso a jugar al fútbol o, en mi caso, al rugby, a base de hostias. De las que te pelan las rodillas y, con un poco de suerte, te dejan una pequeña marca para siempre o un tabique desviado para recordarte que has vivido. Y sobre todo, que has aprendido.
Y las hostias no cesan. Una detrás de otra. El primer amor no correspondido. Los exámenes que esperas aprobar sin haber estudiado, o incluso habiéndolo hecho. La responsabilidad de ser aquella persona que los demás esperan que seas y que, a menudo, parece que jamás alcanzarás a ser. El reflejo en el espejo que te devuelve a alguien en el que no te reconoces. La primera relación sentimental que se rompe, la segunda, la tercera. Hostias que van y que vienen, cada uno tratando de encajar las suyas. Algunas dejan cicatrices tan profundas que parecen que no vayan a cerrarse nunca. Otras, sin embargo, son sólo pequeñas muescas en la piel o en el corazón, que únicamente parece que duelen cuando nos paramos a pensar en ellas.
Cada hostia nos curte. Nos genera una costra que se va endureciendo y que parece que nos protege de las agresiones externas. Cada golpe, ya sea físico o emocional, nos hace más fuertes. Es una ley no escrita. Un teorema que habla de la supervivencia y que nos dice que a más hostias encajadas, más fuertes, más resistentes, mejores. La ley del más fuerte. Seguro que Darwin estaba en lo cierto. Como si aquél al que la vida ha golpeado más fuerte estuviera más entrenado o más preparado para seguir encajando golpes. Como si vivir consistiera apenas en encajar y seguir avanzando, como en un ring de boxeo. Como si, al fin y al cabo, todo se resumiera en cuántas hostias somos capaces de aguantar antes de caer. O incluso mejor, cuántas veces somos capaces de levantarnos antes de que la vida nos noquee de una vez por todas y para siempre.
Algunas de estas hostias son realmente duras. Algunas te hacen dudar de si vas a ser capaz de levantarte de nuevo. Tan fuertes, tan bien dadas, con tal precisión, que te tumban de un solo golpe. Y da igual cómo de bien entrenados estemos. Da igual cómo sea de gruesa la costra que nos protege. ¡Zas! Gancho directo a los morros y al suelo. Cada uno tiene sus hostias, una enfermedad incurable, una pareja que se rompe o un ser querido que ya no ha sabido o ha podido aguantar más golpes. Da igual. Son hostias duras, injustas, a traición. Muy jodidas. Y no podemos culpar a nadie ni a nada. Porque la vida no es justa, es sólo vida. No entiende de justicias ni de karmas. La vida es un ring de boxeo. Y más te vale tener una buena costra y un buen juego de pies cuando decida soltarte un gancho directo a la boca del estómago. Porque tarde o temprano va a hacerlo y tú vas a tener que estar ahí delante para recibirlo.
Pero no todo son hostias. Porque sí, la vida da. Y da fuerte. Pero no es constante. No es un reloj suizo engranado para irlas soltando a intervalos regulares. Nos da respiros en los que tomar aire. Ahí está la clave, en hinchar los pulmones con una buena bocanada y sonreír a carcajadas, para que cuando llegue el próximo golpe, que llegará seguro, seamos capaces de mirar a la vida a los ojos y decirle que puede seguir golpeando, que puede que incluso gane la siguiente batalla, pero que por mucho que lo intente jamás va a ser más fuerte que nosotros. Que vamos a salir del ring con la cabeza bien alta. Entonces, a la vida no le quedará otra que ofrecernos su respeto. Y no sólo habremos ganado el combate, sino que ya no habrá hostias que valgan.
Y, por el camino, mientras alguna de esas hostias no nos derribe a la lona por última vez y nos tengan que sacar del cuadrilátero con los pies por delante, seguiremos aprendiendo, seguiremos creciendo. Sabiendo que detrás de cada golpe, por duro que sea, llegará algo que merecerá la pena vivir y estrujar al máximo.
Y, por el camino, mientras alguna de esas hostias no nos derribe a la lona por última vez y nos tengan que sacar del cuadrilátero con los pies por delante, seguiremos aprendiendo, seguiremos creciendo. Sabiendo que detrás de cada golpe, por duro que sea, llegará algo que merecerá la pena vivir y estrujar al máximo.

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