domingo, 22 de julio de 2018

Mi padre

No sé si algún día podré escribir sobre mi padre. Creo que no. Y resulta algo muy paradójico, porque este blog empieza por y con él. Porque su muerte ha significado un punto de inflexión en mi vida y porque su marcha, aunque fuera lo último que él hubiera querido, ha puesto mi mundo patas arriba. Y si me dejo caer de vez en cuando por aquí es, en gran parte, para poner un poco de orden entre las piezas que componen mi cerebro tras la sacudida que ha supuesto el bache de tener que decirle adiós para siempre.

¿Por qué no escribiré sobre él? Porque no puedo. Pero poco o nada tiene que ver con los tapones que pone el dolor a las heridas del corazón para evitar que el alma y el espíritu se desangren irremediablemente. Ni tampoco porque no tenga nada que contar o no sepa cómo decirlo. Tiene que ver con una incapacidad emocional, un muro mental, una barrera que me impide poner por escrito demasiadas anécdotas increíbles, demasiados pequeños detalles, demasiadas miradas cómplices, sentimientos, emociones, aventuras. Demasiados pedacitos de una vida juntos que, aunque llegaran a ser unidos y ensamblados, jamás podrían explicar quién era, cómo era o qué significaba mi padre para mí. 

Me ha pasado siempre, desde que era un niño. Jamás he podido escribir ni dibujar algo que me pareciera suficientemente bueno como para que fuera digno de las personas que realmente amo. Lo he intentando innumerables veces y, aunque en alguna ocasión he podido agradecer con palabras o imágenes los maravillosos huracanes de vida que esas personas mueven en lo más profundo de mis entrañas, nunca he quedado del todo satisfecho con el resultado. Es como si mi mente supiera que cualquier cosa que pueda decir, hacer o demostrar nunca va a estar a su altura. Ni siquiera acercárseles un poco. Tal vez, por respeto a lo que son, a lo que significan para mí o a cómo dan sentido a mi pequeño universo interior. Como el niño que no se atreve a tocar las delicadas piezas de arte del taller de su padre y se conforma con acariciarlas suavemente con la yema de los dedos, cuando nadie le ve, en la penumbra y a hurtadillas, admirándolas, orgulloso de poder estar tan cerca de ellas, de ver cómo han sido creadas por unas manos expertas, considerándose un privilegiado.

Y, si esa barrera emocional se vuelve especialmente inquebrantable, es sobre todo con mi padre. Porque mi padre no era sólo mi padre. Mi padre era mi mejor amigo. Mi padre era yo. O mejor dicho, yo soy un poco mi padre. Y digo ‘un poco’ porque, aunque muy iguales, siempre seremos diferentes, como las fotocopias, los plagios o las imitaciones, que jamás llegan a ser tan buenas como los originales. Por muy buenas que sean, siempre les falta algo, esa chispa, esa magia que te deja con la boca abierta cuando se despliegan ante ti con todo su esplendor. 

Mi padre era una persona única, excepcional, uno de esos incunables. Alguien a quien los libros de historia nunca van a mencionar, pero que sin embargo marcan la historia de todos aquellos quienes les rodean, como satélites que giran a su alrededor. Personas mágicas a quienes los libros realmente importantes deberían reservar un capítulo extra, con el título en negrita y letra bien grande. Él, como tantos otros, era uno de esos individuos con un don para hacer que el mundo siga girando en el sentido correcto y no se vaya a la mierda para siempre. 

Y lo más jodido es que él era un tipo normal. Alguien que no destacaba en nada en particular, que jamás se consideró más ángel ni más diablo que nadie. Porque efectivamente no lo era. Un hombre con algunas virtudes y con millones de defectos, como todos, pero con una luz especial en su alma, con un algo indefinible que lo convertía en un ser único y que, sin quererlo, ni buscarlo, ni por supuesto darse cuenta de ello, dejaba una huella imborrable en la mayoría de personas con las que se cruzaba.  Él era una pieza angular en la vida de muchos. Especialmente en la mía. 

Él era mi referente. El espejo en quien mirarme cada mañana. Mi ejemplo a seguir.  El superhéroe que todos los niños ven en sus padres  durante unos años y que, en mi caso, jamás dejó de serlo. Porque a pesar de sus defectos y errores, que se fueron haciendo más evidentes a medida que yo iba avanzando en la edad adulta, esa en la que te das cuenta de que tus padres son seres humanos, que han hecho lo que buenamente han podido para sacarte adelante de la mejor manera posible, quitándose de ellos para darte a ti, yo seguía viendo en él esa luz mágica, ese
algo que sólo él tenía y que, sin lugar a dudas, lo convertía en un súper humano. Tal vez para mí fuera más fácil verlo, porque yo soy casi él, y aún siendo su mala fotocopia, siempre supe ver en él ese pequeño algo que su luz ha dejado en mí, como si estuviéramos conectados de algún modo con hilos invisibles. 

Y sólo con pensar que ha podido quedar un poco de ese algo escondido aquí dentro, en algún rincón de mi cuerpo, me tiemblan las piernas. Pero no por el miedo o la responsabilidad de seguir su estela, que es mucha y, de algún modo, tener la misión casi por imposición divina de seguir tocando por dentro a las personas que se crucen conmigo, sino principalmente por el orgullo de poder llamarme su hijo y por saber que él se marchó sabiendo que dejaba parte de ese algo tan suyo en mí. Mi padre fue único, y su hueco en el universo resulta irreemplazable. Y no voy a llenarlo ni yo ni nadie.

Lamentablemente y, aunque pagaría por ello, nunca seré como él, ni mi algo será jamás tan genial como el suyo. Y tampoco pretendo serlo. Porque soy sólo una fotocopia. Con luz propia, con luz diferente, pero al fin y al cabo, sólo un copia. Yo no tengo ese don innato y natural que él sí tenía para dar a cada uno lo que necesitaba en su justa medida. Yo no soy un maestro en toda la plenitud de la palabra. Yo no soy un superhéroe. Y no me da miedo reconocerlo, porque me estaría mintiendo a mí mismo si pensara lo contrario. Yo no toco a las personas por dentro, ni tengo la fuerza interior de cien caballos percherones. Yo no tengo la calma ni la sabiduría ancestral de los ancianos de la tribu. Yo no me iré de este mundo dándole lecciones de vida, sin quererlo, a los que me rodean, muriendo como el más grande de los reyes en la más humilde de las camas. Yo no podré o no sabré apagarme cuando y como yo quiera, con la cabeza bien alta, sonriendo hasta el último momento, tratando de hacerle siempre la vida más fácil a todos. Yo soy más egoísta, menos puro, más imbécil. Yo no me marcharé sabiendo que se me ha acabado el tiempo, sin arrepentirme de nada, con la tranquilidad de saber que mi trabajo aquí ha terminado y que he hecho todo lo que tenía que hacer, sin que falte ni sobre nada. A mi funeral no acudirán cientos de personas, rotas, agradecidas, orgullosas de haberse cruzado conmigo en el camino, devolviéndome más cariño y amor del que yo nunca sabré que he dado.

Yo no soy él. Tal vez parecido en muchas cosas e infinitamente opuesto en otras. No, definitivamente no soy él. ¡Qué pena! Pero es así como debe ser, así lo quiere el universo, del mismo modo que no habrá dos Messis, dos Maradonas, dos Picassos o dos Góngoras. Me conformo con ser la mala fotocopia que lucha cada día por parecerse al original, aunque sabe que nunca llegará a serlo, porque no ha sido creado con esa magia que sólo poseen las personas únicas e irreemplazables. Me conformo con ser capaz de luchar por conservar ese algo tan suyo, tan mío, tan nuestro. De no descansar jamás para conseguir que no se pierda del todo su legado, su esencia, tan necesaria para todos, y, sobre todo, para hacer que jamás deje de sentirse orgulloso de mí, de demostrarle que sigue siendo mi único superhéroe. Me conformo con ser como ese adulto que de pequeño entraba en el taller de su padre, absorbiendo cada detalle, y que ahora, pasados los años, tiene su propio negocio y sigue sus pasos, poniendo en práctica lo que aprendió, recordando aquellas manos curtidas dando a forma a las piezas, conocedor de que éstas jamás serán tan buenas, ni de tanta calidad como las que vio hacer durante años, pero que se esfuerza por seguir mejorando cada día, para que su trabajo se acerque, aunque sea sólo un poco, al peor de su padre, sabiendo que eso es lo más cercano a su magia que nunca va a poder estar. Me conformo con ser ese adulto que, en algún rincón de su taller, guarda una antigua pieza escondida, que tomó prestada hace años, una que para él es única y especial, y que de vez en cuando, en la penumbra y a hurtadillas, acaricia con la yema de los dedos mientras su mente se pierde en el más remoto de los pasados.

Yo, a diferencia del mío, que sí que lo era, no seré el mejor padre del mundo. Tal vez, seré durante algunos años un superhéroe para alguien. Con suerte, sabré convertirme en el mejor amigo de mi hijo si algún día la vida me da ese regalo, y guiarle en sus primeros pasos del camino, porque el azar tuvo a bien dejarme aprender del mejor maestro para ello. Pero si algo tengo claro es que jamás me convertiré en su referente, en su espejo, en su ejemplo de vida ¡Ojalá!, pero no. Porque dentro de mí sabré que no sería justo. Si algún día tengo un hijo, sólo voy a querer que se vea reflejado en la persona más increíble que jamás he conocido, sólo voy a querer que aprenda de quien para mí fue el mejor. Y ése no soy yo. Sólo voy a desear que mi hijo se parezca a su abuelo. 

miércoles, 4 de julio de 2018

La hostia

Todo comienza con una hostia. Cuando nacemos, para hacer que el aire nos insufle la vida y nos llene los pulmones con esa primera bocanada que, como una droga, ya no vamos a poder dejar hasta que soltemos nuestro último aliento. Como un presagio, o un anticipo a lo que va a venir después, la vida empieza ineludiblemente con un bofetón. Como para avisarnos de que las cosas importantes tienen que empezar siempre con una buena hostia. Pero una bien dada. De las que te ponen en tu sitio.

Aprendemos a andar, a correr, a ir en bicicleta o incluso a jugar al fútbol o, en mi caso, al rugby, a base de hostias. De las que te pelan las rodillas y, con un poco de suerte, te dejan una pequeña marca para siempre o un tabique desviado para recordarte que has vivido. Y sobre todo, que has aprendido.

Y las hostias no cesan. Una detrás de otra. El primer amor no correspondido. Los exámenes que esperas aprobar sin haber estudiado, o incluso habiéndolo hecho. La responsabilidad de ser aquella persona que los demás esperan que seas y que, a menudo, parece que jamás alcanzarás a ser. El reflejo en el espejo que te devuelve a alguien en el que no te reconoces. La primera relación sentimental que se rompe, la segunda, la tercera. Hostias que van y que vienen, cada uno tratando de encajar las suyas. Algunas dejan cicatrices tan profundas que parecen que no vayan a cerrarse nunca. Otras, sin embargo, son sólo pequeñas muescas en la piel o en el corazón, que únicamente parece que duelen cuando nos paramos a pensar en ellas.

Cada hostia nos curte. Nos genera una costra que se va endureciendo y que parece que nos protege de las agresiones externas. Cada golpe, ya sea físico o emocional, nos hace más fuertes. Es una ley no escrita. Un teorema que habla de la supervivencia y que nos dice que a más hostias encajadas, más fuertes, más resistentes, mejores. La ley del más fuerte. Seguro que Darwin estaba en lo cierto. Como si aquél al que la vida ha golpeado más fuerte estuviera más entrenado o más preparado para seguir encajando golpes. Como si vivir consistiera apenas en encajar y seguir avanzando, como en un ring de boxeo. Como si, al fin y al cabo, todo se resumiera en cuántas hostias somos capaces de aguantar antes de caer. O incluso mejor, cuántas veces somos capaces de levantarnos antes de que la vida nos noquee de una vez por todas y para siempre.

Algunas de estas hostias son realmente duras. Algunas te hacen dudar de si vas a ser capaz de levantarte de nuevo. Tan fuertes, tan bien dadas, con tal precisión, que te tumban de un solo golpe. Y da igual cómo de bien entrenados estemos. Da igual cómo sea de gruesa la costra que nos protege. ¡Zas! Gancho directo a los morros y al suelo. Cada uno tiene sus hostias, una enfermedad incurable, una pareja que se rompe o un ser querido que ya no ha sabido o ha podido aguantar más golpes. Da igual. Son hostias duras, injustas, a traición. Muy jodidas. Y no podemos culpar a nadie ni a nada. Porque la vida no es justa, es sólo vida. No entiende de justicias ni de karmas. La vida es un ring de boxeo. Y más te vale tener una buena costra y un buen juego de pies cuando decida soltarte un gancho directo a la boca del estómago. Porque tarde o temprano va a hacerlo y tú vas a tener que estar ahí delante para recibirlo.

Pero no todo son hostias. Porque sí, la vida da. Y da fuerte. Pero no es constante. No es un reloj suizo engranado para irlas soltando a intervalos regulares. Nos da respiros en los que tomar aire. Ahí está la clave, en hinchar los pulmones con una buena bocanada y sonreír a carcajadas, para que cuando llegue el próximo golpe, que llegará seguro, seamos capaces de mirar a la vida a los ojos y decirle que puede seguir golpeando, que puede que incluso gane la siguiente batalla, pero que por mucho que lo intente jamás va a ser más fuerte que nosotros. Que vamos a salir del ring con la cabeza bien alta. Entonces, a la vida no le quedará otra que ofrecernos su respeto. Y no sólo habremos ganado el combate, sino que ya no habrá hostias que valgan.

Y, por el camino, mientras alguna de esas hostias no nos derribe a la lona por última vez y nos tengan que sacar del cuadrilátero con los pies por delante, seguiremos aprendiendo, seguiremos creciendo. Sabiendo que detrás de cada golpe, por duro que sea, llegará algo que merecerá la pena vivir y estrujar al máximo.